
SUBEN AL BARCO
PARA MATAR SUS PENAS EN ALTA MAR
Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muertos en este mismo instante en que las armaduras se desploman en la casa del rey. Se tambalea el Gobierno y la oposición, juntos van de la mano en un camino de crispación, atizados por la impúdica manía de tocar los cojones.
Las primeras frases son de Alberti, es su elegía cívica. Con los zapatos puestos dice que muere. Y con la ropa sucia se encuentran nuestros políticos. Cada vez más empeñados en manchar la imagen del otro, vendiendo una marca degradada por las infumables campañas de oropel.
Dice el poeta gaditano que pasan olas y olas. La primera pasa el espíritu del que traicionó valiéndose de una gota de lacre. Llámese Correa, Bigotes, llámese como se llame, se llama.
La ola segunda pasa la mano del que me asesinó poniendo como disculpa la cuerda de una guitarra. Si a Rajoy le hubieran dicho que su asesino o el hampa que le rodea le estaría pisando los talones con tanta celeridad, posiblemente jamás el tiempo lo habría pintado donde está.
La ola tercera pasa los dientes del que me llamó hijo de zorra para que al volver la cabeza una bala perdida le permitiera al aire entrar y salir por mis oídos. De esa crítica infantil saben unos y otros, tantos malditos benditos. Ahí están las frases retumbantes anteriores al Congreso de Valencia, las miradas cortantes de Madrid a Génova, los te quiero un huevo que acaban en lío seguro, las malas compañías y los enlaces y desenlaces en torno a Bárcenas. Ese hombre dimitido y apartado por el que nadie ha sacado tanto pecho.
La ola cuarta pasa los muslos que me oprimieron en el instante de los chancros y las orquitis. Más de lo mismo. Empresas que facturan más de la cuenta, de la cuenta corriente de algún ayuntamiento, de algún alcalde corrupto. De la cuenta que alguien en esas altas esferas debe conocer algo. Sirva como ejemplo Rajoy.
La quinta ola pasa las callosidades más enconadas de los pies que me pisotearon con el único fin de que mi lengua perforara hasta las raíces de esas plantas que se originan en el hígado descompuesto de un caballo a medio enterrar. Esas raíces que se resisten a ser cortadas y que vuelven a la luz. Esas dimisiones que nunca se producen y que vuelven a exigir un puesto. Esa falta de responsabilidad.
La sexta ola pasa el cuero cabelludo de aquél que me hizo vomitar el alma por las axilas. Para Rajoy, Garzón, ahora también Conde Pumpido. No quiero ni pensar para Zapatero.
Y la ola séptima no pasa nada. Y la octava tampoco. Ni la novena. Ni la décima, ni la undécima, ni la duodécima…. Aquí no pasa nada hasta que un tifón no arrase de un guantazo las mentiras e instale las verdades por norma. Hasta eso todavía falta madurar. Mientras, los espías y los policías corruptos, el estado policial, las detenciones con esposas, los arrepentimientos en vano, los bolsos de Vuitton, los corrales de El País y El Mundo, los periodistas que no saben hasta dónde llega su afán de denuncia perpetua, los ignorantes y los marineros, sedientos de olas para seguir con la misma rutina. Porque ya hemos aprendido a navegar con fuertes idas y venidas del viento en contacto con el agua: benditas olas que argumentan los telediarios a diario, que alimentan el blanco sobre negro de la vida.